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21 feb. 2013

Jueves Elephant Gun

Diez días sumergida en una historia, involucrada, abstraída y hablando de eso con quien me encontrara. Porque cuando yo hablo de una cosa, hablo de una cosa. Lo repito tal como repito las canciones que me gustan. Es un gen que tengo de las dos familias así que no hay caso.
Estuve tan abstraída estos días que el domingo me logré dormir a las cinco (de la mañana), el lunes a la una, el martes a las tres, el miércoles a las tres. Hoy jueves ya salió el reportaje, se fue, puf, paf, terminó. Eran cerca de las 12 de la tarde cuando ocurrió. Así que lo primero que hice después de apagar el computador fue ponerme un vestido, hawaianas, mi mochila, un lápiz en el pelo y los anteojos de sol para salir a caminar. No sabía bien adónde ir, pero tenía ganas de celebrar, entonces fue innato que el rumbo fuera hacia dónde estaba él, trabajando. Tenía los pies cochinos, las uñas negras, el sol me pegaba en los hombros. A veces me soltaba el pelo y me miraba en todas las vidrieras, viendo hasta dónde me están llegando las puntas estos días. Recordaba Elephant Gun, de Beirut, que me ayudó a escribir. Tenía la sensación de estar ebria sin estarlo.

Lo que siguió fue una tarde especial. Buena, bella, despejada, con mucho arte. Recorrí la placita del Paseo Bulnes y sus alrededores. Me enamoré de los bordados de Violeta Parra, almorcé con él, le di un beso, vi No, la película, se me cayeron las lágrimas en medio del cine vacío de las tres de la tarde, vi cuadros de Picasso, Ernst, Duchamp, Kandisky y Pollok y miré muchas fotos de Peggy Guggenheim. Hablé en inglés con la Cata, llegué a la casa, vi a nuestro gato, lo vi a él, que se quedó dormido a mi lado y yo ahora tomo la segunda copa de vino mientras escucho por vez número 20 -sin exagerar- Elephant Gun.


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